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¿Te ha pasado que llegas a un lugar y sientes que algo está mal, o que tienes la sensación de que debes salir de ahí sin saber por qué? Por otro lado, a veces puedes tener la sensación de que «ahí es, justo ahí», de que ya no tienes que seguir buscando; sin embargo, al no tener la información lógica de esa sensación, tiendes a desestimarla y continúas en la situación o dejas pasar la oportunidad. Después, con el tiempo, te das cuenta de que tenías razón y de que eso que intuías parecía ser cierto.
Resulta que la información que recibimos desde muy pequeños, a través de las miradas, cariños, sonidos, olores, colores y luces, provocó en nosotros experiencias que pudieron ser gratas, ingratas e incluso neutras, y que dieron paso a situaciones que pueden acercarse de alguna forma a lo que hoy estamos viviendo. Cuando algo nos parece conocido, o nos genera una sensación de desconfianza o confianza, puede ser que nuestro cuerpo reconozca estas señales antes de que nuestra mente e intelecto puedan descifrarlo.
La cantidad de información que recibimos a través de lo sensorial hasta los tres años es del 100%; entre los 3 y 6 años, la información sensorial disminuye a un 70 u 80%. No hay una parte específica del cerebro para procesar la información sensorial e intelectual; en los niños, la información sensorial es indispensable para que se desarrolle la inteligencia. Como puedes ver, lo sensorial está ahí antes de que pensáramos, por lo que resulta relevante atender a lo que nos dice nuestro cuerpo: la respiración, cómo se nos pone la voz frente a un suceso, o cómo la piel puede mostrarnos que hay que salir de ahí o que es seguro quedarse. En la medida en que vamos confiando en nuestro organismo, podemos validar nuestra experiencia y aprender de ella. No solo lo intelectual y lógico es información.
Si necesitas ayuda para conectar con tu experiencia sensorial y así gestionar de mejor manera lo que necesitas, acá estaré para ayudarte
23/09/2026